miércoles, 4 de agosto de 2010

cumbre Virgen

Acabamos de regresar a Hushé después de escalar nuestra segunda cumbre virgen del viaje. En este caso una cumbre de nieve de 5610 metros que los lugareños conocen como Baush-ul Peak. El primer día (2 de agosto) ascendimos 1400 metros de desnivel por un empinado cañón hasta los 4550 metros de altura donde montamos el campo I. Al día siguiente a las dos de la mañana salimos Maider Fraile, Maialen Ojer, Miriam Marco, Asunción Yanguas, la cámara Ester Sabadell, el porteador de altura Hassan Jan y Simón Elías, a las 3.30 de la mañana. A la una del medio día el equipo al completo coronábamos la cumbre después de superar 1100 metros de desnivel sobre pendientes de nieve hasta 45º de inclinación. Desde la cumbre las vistas eran maravillosas: De Este a Oeste, K7, Chogolisa, G1, G2, G3, G4, G5, Broad Peak, K2, Torre de Mustang, Mashembrum… También desde la cumbre pudimos ver nuestro siguiente objetivo: la torre de roca y hielo inescalada que nos espera en el interior del glaciar del Mashembrum. Desde la cumbre hicimos un descenso vertiginoso de 2500 metros hasta el pueblo de Hushé donde en la actualidad descansamos para salir hacia el campamento base de la torre pasado mañana día 6 de agosto.
 
Un abrazo y seguimos sumando cumbres vírgenes. J

Simón

domingo, 1 de agosto de 2010

blog Maialen

Jueves 29 de julio. Día de descanso.
Husé es un pequeño paraíso escondido entre impresionantes torreones de roca, nieve y hielo. Un lugar onírico para perderse, desconectar del mundo y del estréss, y disfrutar  de la tranquilidad y la paz que da el silencio.
Envueltas en el calor de sus gentes recobramos las energías que quedaron en dos días de intensa actividad en la pared.
Ratos de descanso, de soledad, de búsqueda, de encuentro con uno mismo. Ratos de risas compartidas, de recuento de las anécdotas y las experiencias vividas… Ratos de labor, de recogida, de orden…
Las horas del día pasan y miramos con anhelo y con cierta intranquilidad un cielo que no quiere otorgarnos su permiso para aproximarnos nuevamente a la montaña. A pesar de todo, nos acostamos temprano con la esperanza de afrontar un nuevo reto antes del amanecer.

Viernes 30 de julio. El cielo dice que no.
Una de la mañana. Con los ojos entrecerrados vemos aparecer entre las sombras de la habitación la silueta de Simón, que se asoma y nos dice: “chicas, está lloviendo. Nos vemos en el desayuno”.
Con una mezcla de desilusión y de alivio damos media vuelta y volvemos a sumergirnos en el maravilloso mundo de los sueños.
El despertar, ya de día, nos ofrece un cielo cubierto y lluvioso. ¿Qué hacemos hoy? Cambio de planes, improvisación.
Miriam, Asun, Maider y yo decidimos acercarnos al Umbrok, lugar donde las mujeres y los niños acuden cada día para cuidar del ganado. Es un paseo tranquilo: 350 metros de desnivel que nos sirven para desentumecer los cuerpos todavía un poco abotargados y para abrir el apetito.
Volvemos al refugio aligerando el paso: “eh! Que vamos tarde!”. Por suerte,  llegamos antes de que terminen de comer.
Tras una divertida sobremesa, amenizada (¡cómo no!) por las historietas y aventuras que entre “cariñosos apelativos” –“chicharra, pintamonas…”- nos dedica Sebas, nos preparamos para reunirnos con las mujeres de Husé en la escuela coránica.
Gracias a la labor de Hanif, que hace de intérprete, conocemos la dureza del quehacer cotidiano y la vida de estas mujeres. Detrás de sus miradas se esconde un mundo tan diferente al nuestro… Resulta difícil explicar los sentimientos que se revuelven en nuestro interior, pero sin duda queda una huella impresa en cada una de nosotras.
La jornada llega a su fin. Cenamos todos juntos y volvemos a mirar al cielo con esperanza. Algunas estrellas asoman tímidamente entre las nubes. Tal vez esta madrugada nos dé una alegría.

Sábado 31. Ladies first.
Una de la mañana. Por segunda vez interrumpimos nuestros sueños en mitad de la noche. Pero en esta ocasión parece que los astros están en nuestro favor.
Tras un frugal desayuno nos calzamos las botas, ajustamos las cintas de nuestras mochilas, y salimos a la oscuridad iluminados por las luces de las frontales.
Hora y media de aproximación ascendiendo por el pedregal como jabalíes nos sitúa en la base de la canal donde nos esperan unos 350 metros de jumareo para abrir el apetito.
Cómo no, como bien decía Maider, seguimos aplicando más fuerza que maña para ascender hasta el punto en que quedó abierta la vía. Aunque esta vez nos sentimos un poco más familiarizadas con la técnica. (¿será solo un sentimiento personal, o la acumulación de metros comienza a dar fruto en nuestra práctica?).
El amanecer nos pilla jumareando (¡bonita actividad para recibir el día! Ejem…).
Una vez en el final de la cuerda fija, nos encontramos frente al muro de 330 metros que, con un poco de suerte, nos llevará hasta la cima.
La progresión es rápida en los tres primeros largos, fáciles y disfrutones. Aprovechamos las reuniones para comer algo, beber, y echar unas risas. La expectativa de llegar a cumbre nos alegra el humor y nos levanta el ánimo.
Aún así, el tiempo pasa y tenemos que “apretar el culo” (unos más que otros…jejeje. Alusión a cierto “regalito” que encontramos en una de las reuniones).
El cuarto largo del día nos recibe con una estrecha chimenea por la que nos arrastramos como buenamente podemos.
En la reunión que le sigue, y mientras se abre el quinto largo (un precioso filo con pasos aéreos y no excesivamente exigentes), cantamos y palmeamos jaleando al aperturista que, sin atreverse a mirarnos, se esmera por colocar un cooper head (dicen que las buenas costumbres no hay que perderlas…).
Finalmente llegamos a la arista cimera. Ascendemos por ella  con alegría y urgencia. Comienzan a caer gotas de agua, y las nubes que se acercan nos sonríen con malicia. Apenas tenemos tiempo de celebrar la cumbre. Rápidamente comenzamos los rápeles de descenso. En el primero de ellos, las cuerdas se enganchan y nos hacen perder más de una hora. El segundo rápel nos depara la misma suerte. A partir de ahí las cosas se suceden con mayor fluidez (¡menos mal!) y llegamos al suelo sin mojarnos demasiado.
Recogemos el material, rehacemos las mochilas, y regresamos al refugio, donde llegamos ya de noche.
¡Qué recibimiento nos espera! Alegría, felicitaciones, besos y abrazos! Casi se nos saltan las lágrimas!
Y nos enteramos de que en el momento en el que nosotros estábamos en la cumbre, el refugio al completo era una  celebración y una fiesta con cánticos y con bailes. ¡Cómo viven y comparten las experiencias propias estas gentes! El triunfo es de todos ¡por supuesto!

Después de la cena continúan los cánticos y los bailes. Evidentemente, nosotros hacemos “lo que podemos”. Aunque 19 horas de actividad y el cansancio acumulado no justifican nuestra falta de coordinación intentando acompasar los movimientos de nuestros cuerpos a los cánticos de los lugareños. Pero a ninguno de nosotros nos preocupa. Es una agradable velada que nos brindan como un regalo, y en nuestras caras solamente se refleja la emoción y la sonrisa compartidas.

Maialen.

viernes, 30 de julio de 2010

Cómo escribir un post.

Antes de comenzar a escribir hay que buscar la inspiración. Podemos basarnos en ejemplos de la historia como Baudelaire con su afición a la absenta o Marco Aurelio y sus desayunos de opio, pero aquí en Pakistán es mucho más práctico meterse en la tienda comedor cuando todos los hornillos de queroseno están funcionando. Te sientas alrededor de los fuegos y comienzas a charlar con los cocineros mientras fumas cigarrillos a un rítmo que pronto la estancia parece el interior de un motor de combustión y en unos minutos la cantidad de oxígeno en el aire es la que podrías encontrar a 9000 metros.



Trasladar las ideas a un formato comprensible puede llegar a ser problemático. Sebastián Álvaro que es un tipo curtido en estos menesteres de contar historias desde lugares remotos, escribe todo en su ordenador portátil. Luego con ayuda de un teléfono de conexión satelital, llama a España, dicta el texto, y allí alguien lo envía a su destino. Esto casi nunca falla. Como yo soy novato y todavía creo en la tecnología, me he traído un sistema de intercambio de datos via satélite. Es decir una conexión a Internet para la que necesito encontrar un satélite que se encuentra hacia el oeste. Mala suerte que el valle donde nos encontramos corre de norte a sur y hacia el oeste hay una muralla de montañas infranqueable. Incluso para los satélites.

El valle más cercano que se abre hacia el oeste está a media hora de pista excavada tímidamente sobre las escabrosas laderas del río Hushé. Lo primero es localizar un vehículo en el pueblo. Hablas con alguien, éste llama a su primo, luego aparece su hermano y finalmente Little Karim parece que tiene un vehículo que podemos utilizar. Ahora tenemos que buscar un conductor para el Toyota del 66 que se encuentra aparcado en la puerta del refugio con el aspecto de no haber arrancado en varios meses.
El hijo de Karim se llama Hanif y tan pronto está en la cocina preparando unas croquetas de patata y especias como con medio tronco sumergido en el motor del Toyota soltando cables. Parece que la batería no funciona. Hay que arrancar a empujón. Lo intentamos en el diminuto patio del refugio con tantas idas y vueltas que comenzamos a bromear sobre un nuevo juego baltí. Lo único que conseguimos sacar del vehículo es un humo negro y espeso, y un ruido sordo como de disparos amortiguados al mover pesadamente el motor. Cada vez más gente se va sumando al juego y llega un momento en que el patio del refugio está atestado de hombres que se saludan, empujan, abren el motor mientras discuten aristotélicamente con cigarrillos humeando entre los labios o charlan animadamente sentados en cuclillas junto a las columnas de la puerta de entrada. Así pasa al menos una hora hasta que alguien trae una batería y por fin el vehículo arrranca.

La pista que desciende desde Hushé a Machulo no puede ser más escabrosa. La lluvia de los últimos días ha dejado el firme resbaladizo y el vehículo desliza haciendo eses sobre la primera cuesta pronunciada con el dinamismo de un esquiador. Hay tres asientos en la parte delantera y un amplio espacio de carga en la parte trasera. El parabrisas está decorado con tiras de tela de las que cuelgan flecos y símbolos de madera de la cosmología baltí. Por la fuerza que hace Hanif al tomar cada curva puedo asegurar que el jeep no tiene dirección asistida. En la parte de atrás viaja Little Karim, de pie, agarrándose a la estructura de la cubierta de hierros, mirando hacia abajo a sus paisanos desde su condición de personalidad local. Algunos hombres intentan subir mientras cruzamos el pueblo pero sólo uno lo consigue y nos deslizamos ladera abajo cerca de las aguas rompientes del río. El Toyota de 1966 expulsa la mitad del humo por el tubo de escape y la otra mitad directamente del motor a la cabina de los pasajeros. Después de un par de kilómetros, el humo es tan denso en la parte delantera que me doy cuenta de cómo se inventaron los cristales tintados. Hanif gira bruscamente en las curvas cerradas del camino y su brazo izquierdo (aquí se conduce a la británica) mueve con violencia el cambio de marchas y la dirección de las tracciones. El sonido y el ambiente del vehículo recuerda al de una inmensa máquina de vapor. Cruzamos el puente colgante sobre el río con la superficie columpiándose bajo las ruedas , vadeamos dos torrentes que bajan un poco crecidos por las últimas lluvias y adelantamos a un grupo de hombres y niños con cargas de leña a la espalda que nos hacen señas de parar. El vehículo pasa a su lado dejando una nube de polvo y dióxido de carbono.

Está a punto de anochecer cuando encontramos la entrada del primer valle que se abre hacia el oeste. En medio de una antigua morrena glaciar, a doscientos metros de la pista, me siento en cuclillas sobre una piedra y saco los aparatos de la mochila. El equipo Explorer 300 de intercambio de datos cedido por Erziasat para ayudarnos en la comunicación. Un cuadrado de apenas el tamaño de una caja de galletas que emite y recibe datos a más velocidad de la que podríamos encontrar en ningún cibercafé del norte de Pakistán. Un ordenador portatil del tamaño de un libro bien editado y un cable LAN para unir ambos artilugios. Conecto el Explorer orientando las antenas hacia el oeste, justo en el hueco que deja el valle, y enchufo el cable al ordenador. El señalizador de potencia de la señal marca 0. Juego con la inclinación, apunto un poco mejor al contorno en uve del valle y pronto recibo 35 dBHz, suficiente para una precaria conexión a Internet.
Ya se ha hecho de noche y varios hombres se han acercado desde el pueblo de Kande para ver el espectáculo. El texto está en la bandeja de salida pero el intercambio de datos se hace con lentitud. Primero los correos salientes y luego los entrantes, en total más de 8 MB. El nuevo post sale milagrosamente antes de perder la señal. Ha sido lanzado desde una morrena glaciar a 3000 metros de altitud en el Karakorum pakistaní, rebota en un satélite y un segundo más tarde alguien lo recibe en España en su correo electrónico. Ya es noche cerrada y no hay manera de conseguir una señal con potencia suficiente para el intercambio de datos. El texto ha salido, fumamos un cigarrillo y nos montamos en el jeep. Nos queda media hora de pista, vadear dos torrentes, cruzar el puente colgante, luchar desesperadamente contra la hipoxia en la cabina, y evitar las goteras que ahora supuran colmatadas de lluvia. El texto ha salido y si todo va bien, en unos minutos, un tipo en calzoncillos que se acaba de levantar de la siesta en un pueblo de Badajoz, se entretendrá leyendo cómo viajan estas letras por cielo y tierra.
Simón Elías
www.desnivel.com

jueves, 29 de julio de 2010

Primer contacto con la paredes

Ya estamos en el Karakorum, instaladas en el refugio de Hushé. Es un lugar tranquilo y rodeado de lindas paredes. Y como son tan lindas no nos hemos podido resistir a escalar una de ellas. Así que, dejamos atrás los días de operación kilo y manos a la obra. 

Hicimos la mochila como para dos 2 días, ya que la idea inicial era el primer día abrir la primera parte, bajar y vivaquear; y el segundo día abrir la segunda parte, hasta llegar a la cumbre. Pero cuál fue nuestra sorpresa que la pared mide unos 800mts, con lo cual tendremos que invertir algún día más.

Tras una aproximación divertida y entretenida en la que hay que cruzar algún rio caudaloso, lástima no haber traído la pértiga, y hacer alguna trepadica llegamos a pie de pared.

Y largo tras largo vamos hacia arriba, emocionadas por el lugar y por todo lo que nos rodea. Abrimos 6 lindos largos y tras montar los rápeles de bajada llegamos al vivac. Las cuerdas se quedan fijadas ya que al día siguiente ascenderemos jumareando para continuar abriendo esta gran ruta.

A Simón le toca el trabajo duro ¡está hecho un príncipe! jejeje. Necesitaremos más clavos así que tiene que hacer trabajo de porteador y bajar al refugio.

Nosotras (Paty, Maialen y yo) nos quedamos en el hotel de 1000 estrellas, disfrutando de un vivac en el Karakorum. Felices sueños.

Por la mañana Simón llega muy temprano, uy! uy! stress!... Todavía estamos sin hacer la mochila, pero todo tiene su porqué, esperábamos que trajera un rico desayuno pero por lo que intuimos se le olvidó…

Remontamos el cañón y toca jumarear. La técnica no la tenemos muy depurada y aplicamos más fuerza que maña. El primer largo del día nos hace despertar, un muro liso (6c+) en el que hay que aplicarse a fondo. Tras él, otro largo más peleón, menos mal que los dos siguientes nos dan tregua y relajamos un poquito.

Nos quedan todavía unos 350 m. para llegar a lo más alto, es decir, otro día de intensa batalla. Bajamos al refugio y nos tomamos un día de relax. Nos lo hemos ganado.

De momento esto es todo, os envío un beso que ya está volando sobre el océano.

Maider

martes, 27 de julio de 2010

Piedras negras

Pakistán nunca deja de sorprenderte o golpearte. Aquí los piés están tan en contacto con la tierra que cada acontecimiento, cada acción , cada latido del ritmo primigenio de la vida, recorre todo el cuerpo; a veces, con violencia. Cuando has alcanzado Skardu colgado sobre el valle del Indo y refugiado en su fértil valle, crees haber llegado a un confín del planeta. La luz se corta, los rostros de las calles parecen soldados  de un ejército ajeno endurecidos por el polvo, la gasolina es un bien escaso y tan lejos del mundo como de Alá, aquí beben cada hombre y su perro.

Montas en un jeep y recorres tres horas de camino hasta Machulo por el valle del Indo, paras en teatrales controles de policía donde un hombre corta la carretera con un palo y te interroga sobre las cosas más surrealistas. Cuando paras a tomar un té  en el albergue de la fundación Félix Iñurrategui, al ver las montañas que se levantan enfrete y que cortan el aire como un grito seco, piensas en que ya no se puede estar más lejos.

El camino continua. Cruzas las casas de Kande tan integradas en el paisaje que parecen tierra escarbada por el juego de los niños. Dejas al este el valle del Amin Brak y la pista serpentea por la ladera de piedras, ciento cincuenta metros por encima del río Hushé que baja oscuro y arremolinado. El jeep atraviesa varios torrentes, un puente colgante, otro aún más precario fabricado con troncos y tablas, y se empina patinando sobre las últimas cuestas antes de Hushé. A 3050 metros sobre el nivel del mar y tan aislada del mundo como en el mismo centro del universo, está esta aldea del Karakorum con casas de piedra y barro, tejados de tierra y edificios de dos plantas unidos por un intrincado sistema de túneles. El pueblo y sus cultivos son una intensa mancha verde en medio de las fauces grises y rojizas de las montañas. En estos primeros momentos cuando desmontamos del jeep en el albergue construido gracias a la cooperación española, la distancia es casi dolorosa. Miro al fondo del valle y sólo veo las nubes de tormenta que se acercan. De alguna manera, a lo largo de estos días he perdido el punto de partida.

El viaje por tierra en Pakistán ha sido largo y tedioso pero respeta un margen fundamental para el viaje: la aclimatación. Así, los inconvenientes de la Karakorum Highway, la pista cortada por el agua, el camino tallado escabrosamente en medio de inmensas laderas a punto de venirse abajo y todo lo que antes parecían impedimentos, son ahora una gran ventaja.  Cuando llegas a destino ya has borrado el punto de partida. La rapidez y practicidad de los viajes comerciales crea en el viajero una confusa esquizofrenia. Aquí en Hushé, ya hemos perdido toda referencia. Ha llovido y las calles están enlodadas. Los niños chapotean en el barro con la cara surcada por chorretones de suciedad. Oscuros mocos secos se les agolpan sobre el labio superior. Los hombres nos saludan efusivos, todos quieren estrechar nuestras manos, nos sonríen con sus trajes raídos y tan sucios que todos confluyen en un mismo color borroso. La educación , la agricultura, la cooperación, han ayudado. Algo ha cambiado en este pueblo a lo largo de los diez últimos años. Pero sigue siendo una aldea perdida del Karakorum poblada por gente  salvaje,  despiadadamente básica. Los hombres, mujeres y niños que nos rodean parecen una prolongación de las agujas graníticas que les rodean. Están hechos de roca y polvo, de largas horas de sol, de intenso frío. Quizá sean ellos las piedras negras a las que se refiere etimológicamente Karakorum.

Las laderas del valle están coronadas de agujas tan afiladas que pueden alcanzar formas casi imposibles: estiletes, dientes de sierra, colas de pez, picos de pájaro, bocas de depredador, diente de tiburón, falo, flecha, pirámide, luna. No puedo bajar la cabeza y pese a que estoy enfermo y me duele la tripa y ver  a los niños empapados  revolcándose en el fango me pone mal cuerpo, al levantar la vista encuentro un universo de motivaciones. Al fondo del valle el Mashenbrum preside la zona. Está hinchado, orgulloso de ser el más alto y acapara los últimos rayos de sol entre las nubes que presagian la continuidad de la lluvia. Un par de kilómetros hacia el norte el valle se divide. Hacia el este nace el valle de Charakusa, al noreste el paso de Gondogoro por donde regresan muchas expediciones del glaciar del Baltoro y al norte se abre el glaciar del Mashenbrum. La montaña que hemos venido a escalar está perdida en alguna de estas líneas de crestas entre incontables torres graníticas. Es mejor meterse a la cama y descansar. Aquí hay mucho por hacer.

Simón Elías www.desnivel.com

domingo, 25 de julio de 2010

Por fin en Hushé

Estamos en Hushé, el último pueblecito antes de adentrarte en los grandes glaciares que llevan a unas de las montañas más altas del planeta. Simón y yo hemos llegado después de estar retenidos dos días en Skardú a causa de una diarrea. El viaje en jeep y la altura siguen haciendo estragos en los intestinos de Simón que sigue liado entre la cama y el lavabo.
            
Aquí nos volvemos a reencontrar con los Ramones y Tom, los chicos del paramotor, que tampoco han tenido demasiada suerte con el tiempo y no han podido volar, iban a hacernos unas fotos aéreas de la montaña para así poder tener más claro por dónde acercarnos y cómo puede ser la escalada.
            
Yo empiezo a estar un poco nerviosa y necesito ponerme en marcha, así que hablo con Hassan para ver si me puede acompañar a investigar un poco sobre el terreno, Hassan es un porteador de altura que el año pasado perdió dos dedos en el Nanga Parbat y este año no puede subir demasiado alto. Hablamos con Little Karim que dice que el ya ha subido hasta el Campo 1, y nos explica el recorrido; parece que todo está muy claro. Por la tarde sigue diluviando.
            
Por la mañana preparamos las cosas y muy motivada junto Hassan y Mohamed nos vamos hacia el monte, salimos lloviendo pero enseguida empieza a despejar, el camino es precioso, entre rosales y enebros. En el desvío hacia el glaciar del Gondogoro esta Shaischo, donde paramos a comer. No paran de pasar porteadores y pastores, todos son casi familia, casi todos de Hushé, muy majos. Nos ponemos en marcha y cinco minutos más tarde paramos a tomar el té en casa del suegro de Hassan, un pastor de cabras que está haciendo mantequilla y nos regala una botella de yogurt. Seguimos camino hasta lo que será el Campo Base.
            
Por la tarde está casi totalmente despejado y vemos a Ramón cuando nos sobrevuela. Es un puntito en lo más alto. Qué  pasada poder tener semejantes vistas de pájaro sobre el Karakorum, realmente me da mucha envidia.  Anochece y una luna casi llena ilumina los Masherbrum, espectacular, valen la pena las horas de jeep, de ratas debajo de la cama, de duchas frías...

Al amanecer empezamos  a subir hasta el Campo 1, despacito ya que empiezo a notar los efectos de la altura, estaremos a unos 4500 metros. Llegamos hasta donde empieza la nieve y dejamos la carga  para bajar directamente hacia Hushé. En la bajada, casi llegando al pueblo, conseguimos ver la aguja que sale de entre las nubes y nos damos cuenta de que nos hemos equivocado de montaña. Al llegar al Refugio veo las fotos de Ramón y tengo clarísimo que es por otro valle: en el siguiente un glaciar que lleva hasta una pala de nieve y que queda detrás de la aguja ¡que putada! 

… Bueno, al menos hemos empezado a aclimatar y Simón ha superado su crisis intestinal.

Miriam Marco.

sábado, 24 de julio de 2010

dia 24 karakorum

Hoy hemos llegado a Skardu, vestidas con  los colores de un semáforo para no desentonar mucho en esta civilización ¡que contrariedad! se supone que los colores más oscuros son más discretos, sin embargo, si queremos vestirnos como las mujeres de aquí no tenemos mas remedio que parecer un arcoiris andante. De todos modos da igual, no podemos evitar ser el centro de atención para todos los ciudadanos de por aquí.
Nos hemos encontrado en el hotel Concordia con Ramon Morillas, la reunión ha sido de lo más interesante, nos ha enseñado fotos y videos de la torre sin nombre, es preciosa y estamos emocionadas... parece que tiene una cara mas factible para escalarla, nuestras posibilidades aumentan. ;aialen y Maider estan muy animadas, y todavía no nos hemos encontrado con Simón y Miriam pero ... dice Ramón que estan la mar de contentos.
Así que estamos todos deseando encontrarnos y así empezar a trabajar con la logística y la escalada. Por ahora solo estamos aprovechando el acercamiento al valle de hushe para la OPERACIÓN KILO, como lo llamamos todas las chicas, estamos intentando comer lo mas posible para llegar con la mayor cantidad de reservas posibles.
Hasta ahora hemos tenido suerte, en 2 días ya estamos en esta ciudad, el vuelo hasta Islamabad fué eterno pero en este segundo vuelo no hemos tenido ni retrasos ni anulaciones por mal tiempo, y además las vistas han sido espectaculares. Si todo va como hasta ahora estará yendo VIENTO EN POPA.
Mañana saldremos para el valle y nuestra intención es llegar a Hushé lo antes posible aprovechando el buen tiempo que dan para estos días.
Esperemos que la suerte no nos abandone.

Asunción Yanguas