jueves, 26 de agosto de 2010

Retorno a casa

Nos encontramos en Islamabad, habiendo cambiado los arneses por los bolsos de calle, con lo cual estamos rodeadas de cojines con elefantes de lentejuelas bordados. Esta actividad nos esta haciendo asumir un compromiso serio y arriesgado….” ¿le gustará a mi madre?, ¿le pegará a mi salón?...”Así pasamos el tiempo, a la espera de la salida de nuestro avión, mientras hacemos un balance de todo nuestro viaje titulado en una canción compuesta por Ramon Morillas como “perdidos en el Karakorum”. Empezamos a ser conscientes de todo lo que hemos realizado hasta ahora, y nos inunda una grata de sensación que hace que nuestros ojos reflejen todos esos momentos de complicidad en las paredes... risas, canciones inacabadas, broncas, gritos, carcajadas, insultos, guitarreo, llantos… Así que…

¡Bienaventurados!... los que inauguraron su primer dia de ramadán viendo unas sirenas en el Karakorum, los que pudieron hacer 3 cumbres en medio de un monzón,  los que sobrevivieron a una semana de diarreas, los que tuvieron la oportunidad de hacer 4 vuelos biplaza en un solo día comiéndose 2000 metros de desnivel, la que pudo aprender a usar un taladro en mitad de una pared de 1000 metros en el Karakorum, el que yendo acompañado de 5 mujeres fue invitado a comer en la embajada, la que supo inspirarse para apretar el botón de una cámara fotográfica en cada momento, los que supieron apreciar y disfrutar de la presencia de un varón belga en el campo base, los que en cada comida solicitaban sweets cookies una vez más, los que se despedían con la suerte de volver a encontrarse, los porteadores que pudieron dormir con 3 mujeres, los que tenían que pasear 40 minutos todas las tardes en busca de conexión con internet, los que dieron clases de historia del alpinismo y  los que aprendieron en que año se subió el Everest por primera vez, los que pudieron disfrutar desde una cima un dia soleado sobre las cumbres mas bellas del mundo, los que hicieron en su día el gamba, los que intentaron cambiarse de sexo por unas horas, las que se desnudaron a los pies del Maserbrung y compartieron un catarro, los que pudieron comer una tarta después de una cumbre, las que compartieron las inquietudes de las mujeres de Hushé, los que bailaron al ritmo de una guitarra, una palangana y un tubo de aspirador, las que llegaron en un “chaticar” al pueblo de Hushé, los que supieron disfrutar del arroz y el chapati cada día, los que se levantaron a medianoche para ver llover, los que sabían hacer equilibrios en su silla comiendo en el campo base, las que engordaron 5 kilos y los que adelgazaron otros 3, los que se lanzaron a comprar una alfombra sin espacio en el petate, los que aprendieron las diferencias entre la mentalidad con un cromosoma X y con un cromosoma Y, las que pacientemente han aprendido a disfrutar de Islamabad, las que cayeron en una grieta pisando una piedra y aprendieron que “eso no se toca”, los que fueron embestidos por una vaca, los que sacaron un piolet intentando pasar un rio de barro, las que se negaban a saltar un río de lodo y acabaron en los brazos de Sebas, la que salto y se incrustó de cara en un muro de lodo, las que saltaron un río de lodo a pesar de una muerte anunciada, las que se caían sobre el barro sin mancharse, las que portearon un colchón de latex para el cámara, los que siempre tenían a mano una pirula en la farmacia de guardia, los que por querer coger un atajo se pegan un vuelo a 2 metros de la cumbre, todos los que han seguido y compartido nuestras experiencias desde este blog.

Y bienaventurados... sobre todo, aquellos que hicieron posible este viaje: FEDME, Fundación Deporte Joven del CSD, SALEWA, AKU, SEBASTIAN ALVARO y SIMON ELIAS.

Un saludo a todos de parte de las chicas del EFA.

lunes, 16 de agosto de 2010

campo base

En mi pequeña ciudad hay una muralla que rodea el casco antiguo y agrupa los edificios en una colmena irregular en la que es difícil trazar una línea recta. Las calles son sinuosas y estrechas, las casas de piedra de sillería, los comercios pequeños, de los que te saludan por tu nombre al entrar. Cerca de mi casa, al final de la calle Mayor y encima de la muralla, vive un pianista. Es un tipo solitario, con el cabello salpicado de canas y una atractiva pose melancólica. Camina por el barrio con la cabeza encogida como si estuviese atento para no pisar las rayas entre los baldosines o como si tuviese algo muy importante sobre lo que deliberar. A veces le veo en el bar de la plaza, sentado en un alto taburete como una araña estirada, leyendo el periódico desganado y comiendo un pincho de tortilla. La silueta solitaria del pianista del cabello cano y  la pose melancólica, es el recuerdo con la que identifico la belleza amarga. Quizá por eso hoy me he levantando pensando en este hombre que ni siquiera conozco con el que me cruzo de ciento en viento por los recovecos del casco antiguo de mi ciudad. Aquí, en este campo base del Karakorum, impera una extraña belleza melancólica. Nubes bajas cubren los picos que rodean el inmenso valle glaciar, la lluvia cae intermitentemente y golpea sonoramente sobre el dobletecho de las tiendas. El repiqueteo del agua sobre las lonas produce una cierta amargura. Las puntas afiladas de los picos sobresaliendo entre las nubes, el río glaciar bajando estruendoso por la ladera, los continuos desprendimientos de roca y hielo, los graznidos de las chovas, el balido de una cabra despistada del rebaño en la ladera son señales que tiñen el paisaje de melancolía.
Cuando anochece las nubes se disipan, es una rutina, es lo que llamamos “el claro de los gilipollas”. El cielo azul sobre el Masherbrum nos  hace ponernos de nuevo en marcha. Comenzamos a empaquetar las mochilas para el día siguiente hasta que el repiqueteo del agua sobre el techo de las tiendas borra toda esperanza. No estamos tristes, tampoco contentos; el paisaje cubierto por el manto húmedo del monzón tiene una belleza dolorosa, nos conmueve y agrada en partes iguales. La visión del glaciar perdiéndose valle abajo entre las nubes no tiene nada que ver con los callejones sucios de una pequeña ciudad de provincias, pero entre los bloques de la morrena, entre las estelas del vuelo de las chovas, creo ver  la silueta amarga del pianista: atractivo, gris y desconocido.

Llevo un mes entre mujeres en estas montañas del Karakorum. Antes de ayer un leopardo de las nieves se comió una oveja no muy lejos del campo base, luego se comió un cordero a escasos metros de nuestras tiendas. Una de las chicas dijo haber escuchado ruidos a la noche, yo le respondí incrédulo con ironía. A la mañana siguiente encontramos el cuerpo de la oveja, casi intacto, con los cuartos traseros desgarrados, el alimento favorito de los leopardos de las nieves. Junto a estas cinco mujeres he ascendido tres cumbres vírgenes por encima de los cuatro mil metros en apenas tres semanas. Una ruta de 850 metros de escalada en roca, un 5600 de nieve y laderas desconocidas y para finalizar, nuestro objetivo principal, una aguja de hielo y roca de casi 6000 metros que nos llevó 19 horas de actividad. Antes de salir de casa tuvimos una reunión en un agradable restaurante. Discutimos pormenores del viaje, distribuimos las tareas y nos extendimos en la sobremesa divagando, entre licores, sobre la esencia del alpinismo. “Alpinismo es meterse una almendra en la boca, una almendra bañada en chocolate que no puedes chupar ni morder. Sólo la puedes dejar detrás de las muelas y apretar la mandíbula durantes horas y horas hasta que regresas de nuevo a la tienda. Luego durante un efímero segundo, la aprietas entre los dientes y disfrutas de su sabor. Largas horas de tensión para un segundo de placer.”

La noche antes de salir hacia nuestro último objetivo, repasaba en la tienda nuestras posibilidades de cumbre, la solidez del equipo, la fortaleza y valentía de las cinco mujeres con las que iba a ascender al Campo 1 a la mañana siguiente. Estaba metido dentro del saco, con la nuca apoyada entre las manos y una ligera sonrisa en la boca que saboreaba el orgullo del trabajo bien hecho. Estaba embriagado de admiración hacia las deportistas que ahora luchaban por meterse en los sacos dentro del espacio mínimo de las tiendas,  cuando unos gritos histéricos perturbaron mi plácida felicidad. -¡Aaaaaahhhh! ¡Una araaaaaña! Mas gritos y golpes de zapatilla amortiguados por las plumas de los sacos. Luego calma y la reflexión flotando en el aire de que las alpinistas, afortunadamente, por más que estén cargadas de valentía, no dejan de ser mujeres.

La noche antes del comienzo del Ramadán no hay luna. Los cocineros y Hassan, nuestro porteador de altura, están nerviosos ante el ayuno de los próximos 28 días. Llega un periodo de abstinencia y recogimiento espiritual. Las chicas toman té en la tienda comedor llenando la soledad de estas montañas  con gritos y risas. Apo Alí, el pastor de la zona que cuida el rebaño de 400 cabras y ovejas del pueblo de Hushé, ha venido traer yogur y asegura que le encanta ver a las mujeres tan contentas. Esta es otra de las diferencias entre una expedición masculina y una femenina. Las mujeres cantan, rien y gritan hasta agotar la paciencia de los animales de la zona. Son puro golgorio, alegría y decibelios. En un momento determinado las chicas se levantan de las sillas de loneta, salen a la morrena encima de las tiendas y comienza a quitarse la ropa. Nadie en la cocina lo ha percibido todavía. Patty, la fotógrafa, no para de disparar. La chicas insinuan su belleza tapadas por cuerdas, mosquetones, cascos... cruzan las piernas, se sueltan las trenzas para taparse los pechos y posan desnudas para la cámara con la última luz del día incendiando las laderas del Masherbrum. Está anocheciendo y comienza el Ramadán. En la tienda comedor ya se han percatado del espectáculo y porteadores y cocineros se asoman tímidos, achinando los ojos para poder distingir las formas femeninas en la distancia, veladas por la penumbra. Nunca habían tenido una entrada de Ramadán con cuatro mujeres desnudas recortándose contra el horizonte del Masherbrum. No hay luna que ilumine el cielo, comienzan 28 días de recogimiento espiritual.

A las doce de la noche el cielo está estrellado y un fino hilo de luna marca el primer día de Ramadán. Desayunamos papillas de bebé y té caliente, no hay señal de nerviosismo en el ambiente y eso me gusta, a todos nos gusta. Salgo primero, aprieto las tuercas echando un grito al aire, marco el rítmo y veo como el grupúsculo de frontales que se arremolina junto a las tiendas se va extendiendo hasta formar una línea que se estira sobre el glaciar. Escalamos sobre nieve, luego roca descompuesta en la que la hilera de luces se mueve a derecha e izquierda buscando el mejor camino entre los bloques en equilibrio. La arista de nieve parece más larga en la oscuridad y ascendemos de medio lado, clavando todas las puntas de los crampones sobre la nieve helada, conteniendo el rítmo de la respiración con el pecho oprimido por la altura. Cuando amanece estamos metidos entre las nubes. Alguien pregunta por el tiempo pero azuzo a la cordada y dejo que la cuesta disipe las dudas. Salimos y entramos entre la niebla, la ladera es mantenida y la segunda cordada con Maialen a la cabeza nos sigue de cerca.

Los últimos largos son más empinados. Utilizamos rígolas de hielo por las que progresar pero hay que cruzar de una a otra para poder avanzar. De vez en cuando desaparece el hielo y hay que excavar en la nieve hasta encontrar un lugar donde proteger una posible caída con un tornillo de hielo. Patty graba con la cámara de video entre las nubes, Ester filma desde el Campo 1 pero me certifica por la radio que no puede vernos. Comienza a nevar y repito por la emisora que volveré a contactar desde la cumbre. No hay ninguna duda de que lo vamos a conseguir. Hace un tiempo de mierda pero nadie duda.

Cuando termino la pala de hielo clavando los piolets con fuerza sobre la parte más oscura de la rígola, monto a horcajadas sobre la afilada arista y lo que era el final del esfuerzo se torna en una desconcertante sensación de incertidumbre. Me rodean las nubes y sólo puedo ver algo de profundidad en el paisaje hacia abajo, en el vacío que forma el muro desplomado y descompuesto de la vertiente sur. Tengo dudas sobre cómo descenderemos de esta arista de nieve azucarosa pero dejo los malos pensamientos para más adelante y aseguro a mis compañeras en su camino a la cumbre. Nieva copiosamente cuando alcanzamos la pequeña estancia, no mayor que una mesa de té, en la que nos abrazamos con desgana, desplegamos la bandera del CSD y filmamos unos planos para el documental. El altímetro marca 5.860 metros. Estamos cansados y un poco asustados por encontrarnos en medio de una tormenta en una aguja tan afilada del Karakorum. Maialen lidera con energía la segunda cordada y rápidamente nos alcanzan. Estamos en el lado malo de la arista, no tengo muy claro cómo vamos a bajar. Maider me abraza y me pregunta si llegaremos al suelo. Yo le respondo con una sonrisa amarga intentando parecer seguro de mí mismo. Me dice casi susurrando que confia en mí. Hace 12 horas que apretamos esta almendra en la boca, nadie sabe cúanto tiempo más tendremos que aguantar. -Campo 1 ¿me recibes? Son las 11.25 de la mañana y estamos en la cumbre. Enseguida bajamos. 

Simón Elías

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Sebas Tower


domingo, 15 de agosto de 2010

Cumbre!!!

La ascensión a la Sebas Tower



Desde la llegada a Pakistán no había otra cosa en mente: cada petate, cada porte de objetos varios para su fin, cada ilusión, tenían como fondo y meta esa torre virgen situada en la cadena montañosa del Masherbrum, en pleno Karakorum, cerquita del valle de Hushé.

Hushé es la cuna donde se meció esta ilusión, ahora convertida en realidad: una señora escalada.

Hace ya mucho tiempo, Sebastián Álvaro, en sus largos recorridos por el Karakorum, se había visto impresionado por esta aguja. Vista desde el valle de Hushé, es como un gran sombrero de bruja.
Después de llevar varios años en contacto directo con el pueblo de Hushé y con todas sus gentes, quién mejor que él para llevar este proyecto a cabo. 

Sebastián Álvaro, gran comunicador donde los haya y con más de 30 años de experiencia en toda clase de expediciones, está involucrado directamente con el pueblo de Hushé con el proyecto de cooperación de la ONG Sarrabastal. Una iniciativa que nació con un solo pensamiento: “si se quiere, se puede mejorar”.  En ello están desde el año 2000, curtiendo y dando mayor calidad de vida a estas gentes, con la mejora en la sanidad, en la agricultura y en la administración de fincas y de haceres.

Ya en el pueblo, entre sus gentes, se conocía a la aguja como la “Sebas Tower”. Así es como nos la dieron a conocer. Cada momento desde aquél día tuvo  como meta lo que terminó hoy con la llegada al campo base, después de casi 19 horas de intensa actividad alpinística en el sistema montañoso del Masherbrum. Una bella escalada culminada con la alegría y la pasión de unas chicas y su compañero de cordada, Simón Elías. Simón, gran conocedor del alpinismo en su modalidad más severa, pudo con éxito guiar a estas cordadas a la cumbre tan esperada, sin dejar de lado el sutil humor que le caracteriza. Humor puntero que deja a más de una sin habla o sin aire en los pulmones por la incesante carcajada.

Sebas Tower: “Cumbre monzónica, dedicada a Vanessa Addison”.

El día comenzó cuando todavía no había terminado. Eran las doce de la noche, y en las tiendas empezaba el movimiento de hornillos y cacerolas preparando té y papillas, que serían nuestra única ración de comida hasta llegado el regreso de la escalada. Ya llegó el día, el delicioso día.

Todas nosotras, una vez cargada la mochila a nuestras espaldas, comenzamos la travesía que nos obligaría a hacer uso de nuestras frontales e instintos gatunos durante largas horas de incesante actividad. Las dos cordadas avanzábamos a un ritmo tranquilo. Primero, por un corredor bien marcado, con su fin colgado en una hermosa cornisa. La noche no nos dejaba ver su fondo, pero nuestras miradas se centraban en el siguiente largo. Bloques sueltos y roca mojada hacían que se escuchara: “empieza la escalada”. Las dos cordadas avanzábamos por la cornisa de mixto. Poco a poco, la distancia recorrida aumentaba a un ritmo mayor del esperado.

La noche acompañaba y ayudaba a que el recorrido entre cornisa y cornisa fuera más agradable. La nieve, húmeda y apelmazada; la visión, la justa para permitir la progresión y no pensar en el vacío de los glaciares laterales. Los continuos desprendimientos hacían que las miradas de complicidad se entrelazaran entre nosotras, y una sonrisa picaresca con fondo dramático hacía que la risa apareciese incesantemente.

El amanecer aumentaba poco a poco la visión, y nos hacía conscientes de dónde nos encontrábamos. La situación empeoraba por momentos. La humedad se sentía en el ambiente. Una niebla espesa que no permitía todavía ver con claridad hacía que el ritmo fuera pausado hasta llegar a unos muros que indicaban la línea a seguir. Largo tras largo teníamos que pelear entre las malas condiciones atmosféricas y la precariedad del hielo picado. Tornillo tras tornillo continuaba el avance por un muro interminable del que pendían unos seracs espectaculares. 

Incesantes trozos de hielo y nieve caían constantemente sobre las alpinistas. Tras el muro final una cornisa indica que estamos ya casi en la cima. Como si de un caballo se tratara, una tras otras nos montábamos sobre ella para pasar al otro lado y poder seguir por una travesía lateral que llevaría a la cumbre.

Una cima del tamaño de una mesa de salón hacía que los movimientos fueran sumamente calculados. El tiempo empeoraba y la idea del descenso hacía que las maniobras fueran aceleradas. Los largos rápeles que nos llevarían nuevamente al campo uno empezaban. La aventura continuaba, pero esa es ya otra historia.

Patty Trespando

domingo, 8 de agosto de 2010

EN LAS ORILLAS DEL CIELO. UN REGALO

Después de unos días aclimatando en la aguja de roca y luego en el monte Baushul, hoy hemos llegado al campo base de nuestro gran objetivo, 3900m, La torre virgen que hay encima de Shaisho, conocida en el pueblo como Sebas tower. Muy contentas y motivadas para tirar para arriba!

Pero esta historia está dedicada a Ramón Morillas, Thomas De Dorlodot y al equipo de vuelo que ayer nos hicieron un regalo increíble: Nos permitieron volar con ellos en un parapente biplaza encima del  Karakorum. ¡Increíble! Ramón subió  4 veces al despegue para volar con cada una de nosotras.
A mí me toco la tercera, después de oír chillar  a Maider y Maialen cuando Ramón daba piruetas se me empezaron a poner los pelos de punta… Una vez en el despegue, cuando Ramón me iba colocando todas las cosas y explicándome lo que tenía que hacer, mientras miraba  la rampa arbustiva por la que tenía que correr, se me empezó hacer un nudo en el estómago … y de repente: corre, corre, corre,…,¡ vale siéntate! ¡Ya estoy en el aire, Increíble sensación de vacío! ¡increíbles vistas! ¡Guaauuuu!!... Lo mejor vino cuando Ramón me dejo coger los mandos del parapente, ¡¡esa tela que nos sustenta hace caso a lo que le mando!!¡¡ Y poder ver las montañas desde esta altura!!... Después de unas piruetas en las que se pone el mundo al revés, y cada vez el suelo está más cerca, parece que te vayas a comer los campos de patata… y vuelves a correr con las piernas en el aire esperando tocar el suelo ( alguna aterrizó con el culo). Una vez en el suelo los niños del pueblo nos rodean alucinados con lo  que hace Ramón Pongi ( como le llaman en Hushé).

MUCHAS GRACIAS RAMON.

Asun, Maialen, Maider y yo no sabemos cómo agradecer este regalo tan especial de esta gente tan increíble, Ramón es uno de los mejores pilotos de parapente del mundo, está aquí para batir su propio record de altura en paramotor por tercera vez. Ha sido una gozada poder volar con él en este sitio donde las montañas desafían la vertical.
¡Muchas gracias por esos dos mil metros de desnivel  que has subido con una sonrisa para poder compartir un poquito de tu pasión con nosotras! Creo que voy a aprender a volar…

 Miriam Marco

fotos parapente

Hola Francesc,

Te mando unas fotos del vuelo en parapente que se han dado las chicas por el Karakorum. Y si puedes colgar también las que te envié de la escalada en roca sería genial. La gente está un poco despistada y piensan que ya hemos subido a la aguja y en realidad hemos subido a otra para aclimatar. Estamos haciendo una actividad genial con mucha entrega por parte de todos y no mucho margen con la meteo. Creo que merece la pena darle un poco de difusión ahora que los futbolistas están de vacaciones.

Un abrazo desde el campo base.

Simón

jueves, 5 de agosto de 2010

blog asun

LUNES 2/8/2010…………….”A OTRA COSA MARIPOSA”

                Después de haber exprimido un merecido día de descanso , en el que aprendíamos a disfrutar aún más con todos nuestros sentidos de la lectura, la música, el relax, el yoga y el odioso ordenador…;tocaba volver a currar.
Hoy comenzaba de nuevo el trabajo (por llamarlo de alguna manera). Teníamos en mente nuestro segundo objetivo… “la magdalena”, como la llamábamos todas las chicas. Una montaña que nadie había subido hasta ahora.
Los entendidos del pueblo nos decían con toda seguridad que debía medir unos 5200 m. de altitud, y nuestra intención era certificar esa afirmación.
Terminamos  de apañar nuestras mochilas que habíamos empezado a recopilar la tarde de antes y a la mañana partimos hacia el campo base que con tanto esmero habían investigado Ester, Ana, y Hassam, en una excursión de días anteriores.
El camino hasta el campo base no fue nada fácil…, 1500 m. de desnivel cruzando ríos, subiendo por trepadas de barro y hierba, salvando zonas escalonadas de roca con la mochila a cuestas y un río debajo que va a mil por hora. Comentábamos entre risas “¡no te caigas… que mañana apareces de nuevo en Islamabad y el camino de vuelta por carretera es muy largo!”.
Por fin conseguimos llegar a nuestra ansiada explanada donde descansar… Si es que se podía dormir a 4500 m. de altitud.
Todos mirábamos desde más cerca nuestra montaña; seguía pareciendo una “magdalena”… ¿sería porque teníamos hambre?. Dialogamos sobre que ruta seguir al día siguiente; Simón lo tenía claro, así que fijamos hora de salida para el ataque a cumbre.

MARTES 3/8/2010…………..”SPANISH SYSTEM” (IT `S A VERY GOOD SYSTEM)

2,30h de la madrugada…, nos despertamos todos y metidos en nuestras tiendas respectivas como si fuera el más maravilloso de los refugios, preparamos las mochilas con lo necesario y nos disponemos a desayunar. Miriam, me tenía preparada en un “periquete” una papilla que me hizo dudar en si darle dos besicos o escupírsela a la cara; pero siempre es mejor pensar que es por mi bien… necesitamos toda la energía posible para disponer de ella en nuestra ascensión. Así que me decidí a darle un abrazo de buenos días. Tapamos a Anita (que compartía la tienda con nosotras) con nuestros sacos como si fuera un niño pequeño y nos reunimos con el resto del equipo.
Estábamos todos listos; Simón, Maialen, Maider, Ester, Hassam, Miriam y yo…, Patty andaba algo sueltecilla, lo cual no le permitió acompañarnos. Comenzamos la ascensión tal y como habíamos planteado al día anterior. Aproximamos hasta un corredor y ascendimos por este con la gran sorpresa que que ya andábamos por los 5000 m. de altitud y todavía nos quedaba un buen trecho. Cuando terminamos el corredor nos llevamos la grata sorpresa de que nuestra gran “magdalena” se podía subir sin muchas complicaciones, parecía que nuestra aventura iba viento en popa. Todo fue como la seda… Simón ,Maider y Maialen fueron la primera cordada en llegar a cumbre, luego llegamos la “cordada papilla” (Miriam y yo), y después Hassam y Ester. Fue muy emocionante, las vistas desde la cumbre eran expectaculares, podíamos contemplar el K2, Chogolisa, los Gasherbrums, los Masherbrums, el Broak Peak… Nos dimos todos un abrazo y Simón canto como en la lotería de Navidad… ¡¡cincomiiiiiiillllseiscieeeeeeeeennnnntos meeeeeeetros!!.
Nuestra gran “magdalena” era algo más alta de lo que pensaban en Hushe y tenía un nombre….BAUSHUL PEAK; y ahora además había una ruta a cumbre… “SPANISH SYSTEM” (en memoria a una larga historia).
Con nuestras cabezas llenas de nuevas imágenes bajamos rápidamente a campo base. Allí nos esperaban todos con comida preparada, las tiendas recogidas para volver a Hushe y un fuerte abrazo de enhorabuena.
Después de 1100m. de bajada nos comimos otros 1500 m. hasta el pueblo, mis cuádriceps echaban chispas, pero para no acabar la aventura en la cima, cuando nos quedaba poco para llegar al pueblo nos encontramos que  ha aparecido un nuevo río; nos quedamos boquiabiertos preguntándonos “esto no estaba ayer…¿verdad?”. Así que lanzándonos en plan Indiana Jones y restregándonos entre toneladas de barro en nuestros aterrizajes conseguimos salvar el último obstáculo hasta el refugio. Los cocineros se lo volvieron a currar con una tarta de postre…, esto empieza a ser una costumbre, ¿tendremos una tercera tarta?.

MIERCOLES 4/8/2010……………”LOS CHICOS VOLADORES”

                Nos levantamos sin ninguna prisa, nos han regalado a todas dos días de descanso. Así que nos hemos organizado sesiones de  yoga y de estiramientos intensivos para recuperar un poco nuestros cuerpos serranos.
Nos reunimos todo el equipo ENFA con Ester y Patty para ir empezando a tratar una estrategia. El Baushul Peak forma ya parte del pasado y empezamos a concentrarnos en el Sebas Tower (como lo llaman en Hushe).
A la tarde, cuando ya estábamos todos tranquilos, aparecieron los chicos voladores, Ramón Morillas, Pepe, Thomas y Ramón Lopez. Es extraño sentir tanta alegría de ver a gente que has conocido durante poco tiempo en Skardu, pero tanto nosotros como ellos estábamos encantados de ver nuevas caras. Estábamos tan alegres que… ¡nos fuimos de fiesta!. Con una guitarra , una caja de cartón, una palangana, un tubo de aspiradora y una botella de agua llena de piedras, nos metimos en la piel de estrellas del Pop. Thomas con guitarra en mano, pudo componer in situ canciones para todos en las que no podía faltar la mención de “spanish system”, las chicas ENFA, Sebas, Simón, Sebas Tower... y ¡lavate el gondogoro!. Había dedicatorias para todos, lo cual provocaba el “descojone generalizado”. Las que no sabíamos tocar… bailábamos tanto como nuestras piernas nos lo permitieran. Un grupo de militares pakistaníes que andaban por el refugio preguntaban a Ana que si éramos profesionales del espectáculo. Hasta nuestros guías y porters bailaban flamenco… Creo que este refugio está lleno de personajillos de todas las nacionalidades… ¡me encanta este intercambio cultural!.

Spanish System

 

El pasado 3 de agosto las chicas del Equipo Nacional Femenino de Alpinismo pisaron su segunda cumbre virgen en menos de cuatro días como parte del proceso de aclimatación. Dicen que la sensación de nieve virgen bajo los crampones es la de pisar confeti al entrar a una fiesta largo tiempo anhelada. A su alrededor estaban algunas de las montañas más altas de la tierra: el K2, el Broad Peak, los G, el Chogolisa. No hay mejor telón para una fiesta semejante. No todos los días tu bota marca una huella donde nadie ha llegado antes. No hace apenas viento y  se pueden sentar. Se pueden revolcar sobre la nieve y observar desde la altura ese mundo catastrófico en el que ahora hay miles de desplazados por las inundaciones. El K2 parece un póster en la pared de la fiesta por la que pasean curiosas, revisando la distancia, sosteniendo un martini y acariciando con los pies alfombras ignotas.

 

El nombre de la nueva ruta a este pico virgen es Spanish System (very good system). Nunca se había visto a tantas mujeres alpinistas en Hushé. Son observadas desde detrás de cada puerta, entre los tallos de las plantas de guisante que ya están altas a mediados de la estación veraniega, a través de los frondosos sauces que se mueven empujados por el viento que sopla desde los glaciares hacia el valle. Las chicas del ENFA son un rayo de luz atravesando las calles embarradas de Hushé. Su valentía, su feminidad, sus canciones, su sudor... son un ejemplo para todos. Cuando estas mujeres se besan, se abrazan y saltan de alegría en un minúsculo montículo de nieve a 5610 metros sobre el nivel del mar donde nadie ha llegado antes, están demostrando gráficamente que están arriba. Se puede decir más claro pero no más alto. Estas seis mujeres rompen moldes, revuelven el mundo de las ideas preconcebidas, se ponen pantalones o minifalda y buscan aventura. Son chicas que buscan problemas con una barra de carmin en el bolsillo del Gore Tex. Son tan dulces como fuertes.

 

La anécdota ocurrió tiempo atrás. Sólo Sebastián Álvaro sabe contar historias como esta, porque sólo a un tipo como él la ficcion que emana la más cruda realidad se le ha convertido en rutina. Corrían los años ochenta y Al Filo de lo Imposible viajó a Pakistán con dos de los hombres más divertidos que jamás hayan salido de un río: Antxón y Javi, por aquel entonces los mejores piragüistas de España. Su objetivo era descender varios ríos en el Karakorum, entre ellos el río Hushé. Llevaban varios días remando y grabando imágenes en la zona ayudados por un grupo de porteadores cuando Antxón intentó aportar su parte en la educación sexual de los hombres de las montañas. Con su inglés rudimentario le explicaba a Mahmud algunas normas básicas:

-Entonces lo que tienes que hacer es comerle el coño. Sí hombre, que se lo lave antes y luego se lo comes. Con movimientos del cuello, de arriba a abajo... y Antxón levantaba la cabeza en el aire repitiendo el gesto como una jirafa estirándose en busca de comida.

-Y luego que ella te coma el rabo a tí. Sí, sí, así es como lo hacemos en España...

 

Pasaron varios días más trabajando en la zona. Uno de los piragüistas sufrió un fuerte golpe en la cabeza y ese día acabaron antes la jornada. El trabajo de recoger todo el material es lento y tedioso. Los trajes húmedos, las voluminosas piraguas, las cámaras y trípodes, cables, remos, chalecos salvavidas... Entre las idas y venidas de los trabajadores apareció Mahmud abriéndose paso a empujones, agarró a Antxón por los hombros y en estado de febril excitación le dijo: ¡Spanish system, very good system!

 

Como Antxón trajo la felicidad para muchas parejas en las largas noches de invierno del Karakorum, estas mujeres también están aportando su granito de arena en el desarrollo local. La cooperación no es sólo construir hospitales y proveeer de comodidades a estas aldeas perdidas en las montañas. Se ayuda también rompiendo el molde de las ideas. Su nueva ruta en un pico virgen no es sólo un guiño divertido a las amenas sobremesas que se alargan en las noches de Hushé; es también una reivindicación del reparto del poder, una llamada para compartir el placer de una vida tan ingrata como maravillosa. Su nueva ruta es una fiesta en la que no hay ni hombres ni mujeres. Los invitados no son españoles ni pakistanís, no llevan velo ni crucifijos, sólo levantan sus copas y sonríen delante del póster luminoso del K2.

 

Simón Elías

www.desnivel.com

miércoles, 4 de agosto de 2010

cumbre Virgen

Acabamos de regresar a Hushé después de escalar nuestra segunda cumbre virgen del viaje. En este caso una cumbre de nieve de 5610 metros que los lugareños conocen como Baush-ul Peak. El primer día (2 de agosto) ascendimos 1400 metros de desnivel por un empinado cañón hasta los 4550 metros de altura donde montamos el campo I. Al día siguiente a las dos de la mañana salimos Maider Fraile, Maialen Ojer, Miriam Marco, Asunción Yanguas, la cámara Ester Sabadell, el porteador de altura Hassan Jan y Simón Elías, a las 3.30 de la mañana. A la una del medio día el equipo al completo coronábamos la cumbre después de superar 1100 metros de desnivel sobre pendientes de nieve hasta 45º de inclinación. Desde la cumbre las vistas eran maravillosas: De Este a Oeste, K7, Chogolisa, G1, G2, G3, G4, G5, Broad Peak, K2, Torre de Mustang, Mashembrum… También desde la cumbre pudimos ver nuestro siguiente objetivo: la torre de roca y hielo inescalada que nos espera en el interior del glaciar del Mashembrum. Desde la cumbre hicimos un descenso vertiginoso de 2500 metros hasta el pueblo de Hushé donde en la actualidad descansamos para salir hacia el campamento base de la torre pasado mañana día 6 de agosto.
 
Un abrazo y seguimos sumando cumbres vírgenes. J

Simón

domingo, 1 de agosto de 2010

blog Maialen

Jueves 29 de julio. Día de descanso.
Husé es un pequeño paraíso escondido entre impresionantes torreones de roca, nieve y hielo. Un lugar onírico para perderse, desconectar del mundo y del estréss, y disfrutar  de la tranquilidad y la paz que da el silencio.
Envueltas en el calor de sus gentes recobramos las energías que quedaron en dos días de intensa actividad en la pared.
Ratos de descanso, de soledad, de búsqueda, de encuentro con uno mismo. Ratos de risas compartidas, de recuento de las anécdotas y las experiencias vividas… Ratos de labor, de recogida, de orden…
Las horas del día pasan y miramos con anhelo y con cierta intranquilidad un cielo que no quiere otorgarnos su permiso para aproximarnos nuevamente a la montaña. A pesar de todo, nos acostamos temprano con la esperanza de afrontar un nuevo reto antes del amanecer.

Viernes 30 de julio. El cielo dice que no.
Una de la mañana. Con los ojos entrecerrados vemos aparecer entre las sombras de la habitación la silueta de Simón, que se asoma y nos dice: “chicas, está lloviendo. Nos vemos en el desayuno”.
Con una mezcla de desilusión y de alivio damos media vuelta y volvemos a sumergirnos en el maravilloso mundo de los sueños.
El despertar, ya de día, nos ofrece un cielo cubierto y lluvioso. ¿Qué hacemos hoy? Cambio de planes, improvisación.
Miriam, Asun, Maider y yo decidimos acercarnos al Umbrok, lugar donde las mujeres y los niños acuden cada día para cuidar del ganado. Es un paseo tranquilo: 350 metros de desnivel que nos sirven para desentumecer los cuerpos todavía un poco abotargados y para abrir el apetito.
Volvemos al refugio aligerando el paso: “eh! Que vamos tarde!”. Por suerte,  llegamos antes de que terminen de comer.
Tras una divertida sobremesa, amenizada (¡cómo no!) por las historietas y aventuras que entre “cariñosos apelativos” –“chicharra, pintamonas…”- nos dedica Sebas, nos preparamos para reunirnos con las mujeres de Husé en la escuela coránica.
Gracias a la labor de Hanif, que hace de intérprete, conocemos la dureza del quehacer cotidiano y la vida de estas mujeres. Detrás de sus miradas se esconde un mundo tan diferente al nuestro… Resulta difícil explicar los sentimientos que se revuelven en nuestro interior, pero sin duda queda una huella impresa en cada una de nosotras.
La jornada llega a su fin. Cenamos todos juntos y volvemos a mirar al cielo con esperanza. Algunas estrellas asoman tímidamente entre las nubes. Tal vez esta madrugada nos dé una alegría.

Sábado 31. Ladies first.
Una de la mañana. Por segunda vez interrumpimos nuestros sueños en mitad de la noche. Pero en esta ocasión parece que los astros están en nuestro favor.
Tras un frugal desayuno nos calzamos las botas, ajustamos las cintas de nuestras mochilas, y salimos a la oscuridad iluminados por las luces de las frontales.
Hora y media de aproximación ascendiendo por el pedregal como jabalíes nos sitúa en la base de la canal donde nos esperan unos 350 metros de jumareo para abrir el apetito.
Cómo no, como bien decía Maider, seguimos aplicando más fuerza que maña para ascender hasta el punto en que quedó abierta la vía. Aunque esta vez nos sentimos un poco más familiarizadas con la técnica. (¿será solo un sentimiento personal, o la acumulación de metros comienza a dar fruto en nuestra práctica?).
El amanecer nos pilla jumareando (¡bonita actividad para recibir el día! Ejem…).
Una vez en el final de la cuerda fija, nos encontramos frente al muro de 330 metros que, con un poco de suerte, nos llevará hasta la cima.
La progresión es rápida en los tres primeros largos, fáciles y disfrutones. Aprovechamos las reuniones para comer algo, beber, y echar unas risas. La expectativa de llegar a cumbre nos alegra el humor y nos levanta el ánimo.
Aún así, el tiempo pasa y tenemos que “apretar el culo” (unos más que otros…jejeje. Alusión a cierto “regalito” que encontramos en una de las reuniones).
El cuarto largo del día nos recibe con una estrecha chimenea por la que nos arrastramos como buenamente podemos.
En la reunión que le sigue, y mientras se abre el quinto largo (un precioso filo con pasos aéreos y no excesivamente exigentes), cantamos y palmeamos jaleando al aperturista que, sin atreverse a mirarnos, se esmera por colocar un cooper head (dicen que las buenas costumbres no hay que perderlas…).
Finalmente llegamos a la arista cimera. Ascendemos por ella  con alegría y urgencia. Comienzan a caer gotas de agua, y las nubes que se acercan nos sonríen con malicia. Apenas tenemos tiempo de celebrar la cumbre. Rápidamente comenzamos los rápeles de descenso. En el primero de ellos, las cuerdas se enganchan y nos hacen perder más de una hora. El segundo rápel nos depara la misma suerte. A partir de ahí las cosas se suceden con mayor fluidez (¡menos mal!) y llegamos al suelo sin mojarnos demasiado.
Recogemos el material, rehacemos las mochilas, y regresamos al refugio, donde llegamos ya de noche.
¡Qué recibimiento nos espera! Alegría, felicitaciones, besos y abrazos! Casi se nos saltan las lágrimas!
Y nos enteramos de que en el momento en el que nosotros estábamos en la cumbre, el refugio al completo era una  celebración y una fiesta con cánticos y con bailes. ¡Cómo viven y comparten las experiencias propias estas gentes! El triunfo es de todos ¡por supuesto!

Después de la cena continúan los cánticos y los bailes. Evidentemente, nosotros hacemos “lo que podemos”. Aunque 19 horas de actividad y el cansancio acumulado no justifican nuestra falta de coordinación intentando acompasar los movimientos de nuestros cuerpos a los cánticos de los lugareños. Pero a ninguno de nosotros nos preocupa. Es una agradable velada que nos brindan como un regalo, y en nuestras caras solamente se refleja la emoción y la sonrisa compartidas.

Maialen.

viernes, 30 de julio de 2010

Cómo escribir un post.

Antes de comenzar a escribir hay que buscar la inspiración. Podemos basarnos en ejemplos de la historia como Baudelaire con su afición a la absenta o Marco Aurelio y sus desayunos de opio, pero aquí en Pakistán es mucho más práctico meterse en la tienda comedor cuando todos los hornillos de queroseno están funcionando. Te sientas alrededor de los fuegos y comienzas a charlar con los cocineros mientras fumas cigarrillos a un rítmo que pronto la estancia parece el interior de un motor de combustión y en unos minutos la cantidad de oxígeno en el aire es la que podrías encontrar a 9000 metros.



Trasladar las ideas a un formato comprensible puede llegar a ser problemático. Sebastián Álvaro que es un tipo curtido en estos menesteres de contar historias desde lugares remotos, escribe todo en su ordenador portátil. Luego con ayuda de un teléfono de conexión satelital, llama a España, dicta el texto, y allí alguien lo envía a su destino. Esto casi nunca falla. Como yo soy novato y todavía creo en la tecnología, me he traído un sistema de intercambio de datos via satélite. Es decir una conexión a Internet para la que necesito encontrar un satélite que se encuentra hacia el oeste. Mala suerte que el valle donde nos encontramos corre de norte a sur y hacia el oeste hay una muralla de montañas infranqueable. Incluso para los satélites.

El valle más cercano que se abre hacia el oeste está a media hora de pista excavada tímidamente sobre las escabrosas laderas del río Hushé. Lo primero es localizar un vehículo en el pueblo. Hablas con alguien, éste llama a su primo, luego aparece su hermano y finalmente Little Karim parece que tiene un vehículo que podemos utilizar. Ahora tenemos que buscar un conductor para el Toyota del 66 que se encuentra aparcado en la puerta del refugio con el aspecto de no haber arrancado en varios meses.
El hijo de Karim se llama Hanif y tan pronto está en la cocina preparando unas croquetas de patata y especias como con medio tronco sumergido en el motor del Toyota soltando cables. Parece que la batería no funciona. Hay que arrancar a empujón. Lo intentamos en el diminuto patio del refugio con tantas idas y vueltas que comenzamos a bromear sobre un nuevo juego baltí. Lo único que conseguimos sacar del vehículo es un humo negro y espeso, y un ruido sordo como de disparos amortiguados al mover pesadamente el motor. Cada vez más gente se va sumando al juego y llega un momento en que el patio del refugio está atestado de hombres que se saludan, empujan, abren el motor mientras discuten aristotélicamente con cigarrillos humeando entre los labios o charlan animadamente sentados en cuclillas junto a las columnas de la puerta de entrada. Así pasa al menos una hora hasta que alguien trae una batería y por fin el vehículo arrranca.

La pista que desciende desde Hushé a Machulo no puede ser más escabrosa. La lluvia de los últimos días ha dejado el firme resbaladizo y el vehículo desliza haciendo eses sobre la primera cuesta pronunciada con el dinamismo de un esquiador. Hay tres asientos en la parte delantera y un amplio espacio de carga en la parte trasera. El parabrisas está decorado con tiras de tela de las que cuelgan flecos y símbolos de madera de la cosmología baltí. Por la fuerza que hace Hanif al tomar cada curva puedo asegurar que el jeep no tiene dirección asistida. En la parte de atrás viaja Little Karim, de pie, agarrándose a la estructura de la cubierta de hierros, mirando hacia abajo a sus paisanos desde su condición de personalidad local. Algunos hombres intentan subir mientras cruzamos el pueblo pero sólo uno lo consigue y nos deslizamos ladera abajo cerca de las aguas rompientes del río. El Toyota de 1966 expulsa la mitad del humo por el tubo de escape y la otra mitad directamente del motor a la cabina de los pasajeros. Después de un par de kilómetros, el humo es tan denso en la parte delantera que me doy cuenta de cómo se inventaron los cristales tintados. Hanif gira bruscamente en las curvas cerradas del camino y su brazo izquierdo (aquí se conduce a la británica) mueve con violencia el cambio de marchas y la dirección de las tracciones. El sonido y el ambiente del vehículo recuerda al de una inmensa máquina de vapor. Cruzamos el puente colgante sobre el río con la superficie columpiándose bajo las ruedas , vadeamos dos torrentes que bajan un poco crecidos por las últimas lluvias y adelantamos a un grupo de hombres y niños con cargas de leña a la espalda que nos hacen señas de parar. El vehículo pasa a su lado dejando una nube de polvo y dióxido de carbono.

Está a punto de anochecer cuando encontramos la entrada del primer valle que se abre hacia el oeste. En medio de una antigua morrena glaciar, a doscientos metros de la pista, me siento en cuclillas sobre una piedra y saco los aparatos de la mochila. El equipo Explorer 300 de intercambio de datos cedido por Erziasat para ayudarnos en la comunicación. Un cuadrado de apenas el tamaño de una caja de galletas que emite y recibe datos a más velocidad de la que podríamos encontrar en ningún cibercafé del norte de Pakistán. Un ordenador portatil del tamaño de un libro bien editado y un cable LAN para unir ambos artilugios. Conecto el Explorer orientando las antenas hacia el oeste, justo en el hueco que deja el valle, y enchufo el cable al ordenador. El señalizador de potencia de la señal marca 0. Juego con la inclinación, apunto un poco mejor al contorno en uve del valle y pronto recibo 35 dBHz, suficiente para una precaria conexión a Internet.
Ya se ha hecho de noche y varios hombres se han acercado desde el pueblo de Kande para ver el espectáculo. El texto está en la bandeja de salida pero el intercambio de datos se hace con lentitud. Primero los correos salientes y luego los entrantes, en total más de 8 MB. El nuevo post sale milagrosamente antes de perder la señal. Ha sido lanzado desde una morrena glaciar a 3000 metros de altitud en el Karakorum pakistaní, rebota en un satélite y un segundo más tarde alguien lo recibe en España en su correo electrónico. Ya es noche cerrada y no hay manera de conseguir una señal con potencia suficiente para el intercambio de datos. El texto ha salido, fumamos un cigarrillo y nos montamos en el jeep. Nos queda media hora de pista, vadear dos torrentes, cruzar el puente colgante, luchar desesperadamente contra la hipoxia en la cabina, y evitar las goteras que ahora supuran colmatadas de lluvia. El texto ha salido y si todo va bien, en unos minutos, un tipo en calzoncillos que se acaba de levantar de la siesta en un pueblo de Badajoz, se entretendrá leyendo cómo viajan estas letras por cielo y tierra.
Simón Elías
www.desnivel.com

jueves, 29 de julio de 2010

Primer contacto con la paredes

Ya estamos en el Karakorum, instaladas en el refugio de Hushé. Es un lugar tranquilo y rodeado de lindas paredes. Y como son tan lindas no nos hemos podido resistir a escalar una de ellas. Así que, dejamos atrás los días de operación kilo y manos a la obra. 

Hicimos la mochila como para dos 2 días, ya que la idea inicial era el primer día abrir la primera parte, bajar y vivaquear; y el segundo día abrir la segunda parte, hasta llegar a la cumbre. Pero cuál fue nuestra sorpresa que la pared mide unos 800mts, con lo cual tendremos que invertir algún día más.

Tras una aproximación divertida y entretenida en la que hay que cruzar algún rio caudaloso, lástima no haber traído la pértiga, y hacer alguna trepadica llegamos a pie de pared.

Y largo tras largo vamos hacia arriba, emocionadas por el lugar y por todo lo que nos rodea. Abrimos 6 lindos largos y tras montar los rápeles de bajada llegamos al vivac. Las cuerdas se quedan fijadas ya que al día siguiente ascenderemos jumareando para continuar abriendo esta gran ruta.

A Simón le toca el trabajo duro ¡está hecho un príncipe! jejeje. Necesitaremos más clavos así que tiene que hacer trabajo de porteador y bajar al refugio.

Nosotras (Paty, Maialen y yo) nos quedamos en el hotel de 1000 estrellas, disfrutando de un vivac en el Karakorum. Felices sueños.

Por la mañana Simón llega muy temprano, uy! uy! stress!... Todavía estamos sin hacer la mochila, pero todo tiene su porqué, esperábamos que trajera un rico desayuno pero por lo que intuimos se le olvidó…

Remontamos el cañón y toca jumarear. La técnica no la tenemos muy depurada y aplicamos más fuerza que maña. El primer largo del día nos hace despertar, un muro liso (6c+) en el que hay que aplicarse a fondo. Tras él, otro largo más peleón, menos mal que los dos siguientes nos dan tregua y relajamos un poquito.

Nos quedan todavía unos 350 m. para llegar a lo más alto, es decir, otro día de intensa batalla. Bajamos al refugio y nos tomamos un día de relax. Nos lo hemos ganado.

De momento esto es todo, os envío un beso que ya está volando sobre el océano.

Maider

martes, 27 de julio de 2010

Piedras negras

Pakistán nunca deja de sorprenderte o golpearte. Aquí los piés están tan en contacto con la tierra que cada acontecimiento, cada acción , cada latido del ritmo primigenio de la vida, recorre todo el cuerpo; a veces, con violencia. Cuando has alcanzado Skardu colgado sobre el valle del Indo y refugiado en su fértil valle, crees haber llegado a un confín del planeta. La luz se corta, los rostros de las calles parecen soldados  de un ejército ajeno endurecidos por el polvo, la gasolina es un bien escaso y tan lejos del mundo como de Alá, aquí beben cada hombre y su perro.

Montas en un jeep y recorres tres horas de camino hasta Machulo por el valle del Indo, paras en teatrales controles de policía donde un hombre corta la carretera con un palo y te interroga sobre las cosas más surrealistas. Cuando paras a tomar un té  en el albergue de la fundación Félix Iñurrategui, al ver las montañas que se levantan enfrete y que cortan el aire como un grito seco, piensas en que ya no se puede estar más lejos.

El camino continua. Cruzas las casas de Kande tan integradas en el paisaje que parecen tierra escarbada por el juego de los niños. Dejas al este el valle del Amin Brak y la pista serpentea por la ladera de piedras, ciento cincuenta metros por encima del río Hushé que baja oscuro y arremolinado. El jeep atraviesa varios torrentes, un puente colgante, otro aún más precario fabricado con troncos y tablas, y se empina patinando sobre las últimas cuestas antes de Hushé. A 3050 metros sobre el nivel del mar y tan aislada del mundo como en el mismo centro del universo, está esta aldea del Karakorum con casas de piedra y barro, tejados de tierra y edificios de dos plantas unidos por un intrincado sistema de túneles. El pueblo y sus cultivos son una intensa mancha verde en medio de las fauces grises y rojizas de las montañas. En estos primeros momentos cuando desmontamos del jeep en el albergue construido gracias a la cooperación española, la distancia es casi dolorosa. Miro al fondo del valle y sólo veo las nubes de tormenta que se acercan. De alguna manera, a lo largo de estos días he perdido el punto de partida.

El viaje por tierra en Pakistán ha sido largo y tedioso pero respeta un margen fundamental para el viaje: la aclimatación. Así, los inconvenientes de la Karakorum Highway, la pista cortada por el agua, el camino tallado escabrosamente en medio de inmensas laderas a punto de venirse abajo y todo lo que antes parecían impedimentos, son ahora una gran ventaja.  Cuando llegas a destino ya has borrado el punto de partida. La rapidez y practicidad de los viajes comerciales crea en el viajero una confusa esquizofrenia. Aquí en Hushé, ya hemos perdido toda referencia. Ha llovido y las calles están enlodadas. Los niños chapotean en el barro con la cara surcada por chorretones de suciedad. Oscuros mocos secos se les agolpan sobre el labio superior. Los hombres nos saludan efusivos, todos quieren estrechar nuestras manos, nos sonríen con sus trajes raídos y tan sucios que todos confluyen en un mismo color borroso. La educación , la agricultura, la cooperación, han ayudado. Algo ha cambiado en este pueblo a lo largo de los diez últimos años. Pero sigue siendo una aldea perdida del Karakorum poblada por gente  salvaje,  despiadadamente básica. Los hombres, mujeres y niños que nos rodean parecen una prolongación de las agujas graníticas que les rodean. Están hechos de roca y polvo, de largas horas de sol, de intenso frío. Quizá sean ellos las piedras negras a las que se refiere etimológicamente Karakorum.

Las laderas del valle están coronadas de agujas tan afiladas que pueden alcanzar formas casi imposibles: estiletes, dientes de sierra, colas de pez, picos de pájaro, bocas de depredador, diente de tiburón, falo, flecha, pirámide, luna. No puedo bajar la cabeza y pese a que estoy enfermo y me duele la tripa y ver  a los niños empapados  revolcándose en el fango me pone mal cuerpo, al levantar la vista encuentro un universo de motivaciones. Al fondo del valle el Mashenbrum preside la zona. Está hinchado, orgulloso de ser el más alto y acapara los últimos rayos de sol entre las nubes que presagian la continuidad de la lluvia. Un par de kilómetros hacia el norte el valle se divide. Hacia el este nace el valle de Charakusa, al noreste el paso de Gondogoro por donde regresan muchas expediciones del glaciar del Baltoro y al norte se abre el glaciar del Mashenbrum. La montaña que hemos venido a escalar está perdida en alguna de estas líneas de crestas entre incontables torres graníticas. Es mejor meterse a la cama y descansar. Aquí hay mucho por hacer.

Simón Elías www.desnivel.com

domingo, 25 de julio de 2010

Por fin en Hushé

Estamos en Hushé, el último pueblecito antes de adentrarte en los grandes glaciares que llevan a unas de las montañas más altas del planeta. Simón y yo hemos llegado después de estar retenidos dos días en Skardú a causa de una diarrea. El viaje en jeep y la altura siguen haciendo estragos en los intestinos de Simón que sigue liado entre la cama y el lavabo.
            
Aquí nos volvemos a reencontrar con los Ramones y Tom, los chicos del paramotor, que tampoco han tenido demasiada suerte con el tiempo y no han podido volar, iban a hacernos unas fotos aéreas de la montaña para así poder tener más claro por dónde acercarnos y cómo puede ser la escalada.
            
Yo empiezo a estar un poco nerviosa y necesito ponerme en marcha, así que hablo con Hassan para ver si me puede acompañar a investigar un poco sobre el terreno, Hassan es un porteador de altura que el año pasado perdió dos dedos en el Nanga Parbat y este año no puede subir demasiado alto. Hablamos con Little Karim que dice que el ya ha subido hasta el Campo 1, y nos explica el recorrido; parece que todo está muy claro. Por la tarde sigue diluviando.
            
Por la mañana preparamos las cosas y muy motivada junto Hassan y Mohamed nos vamos hacia el monte, salimos lloviendo pero enseguida empieza a despejar, el camino es precioso, entre rosales y enebros. En el desvío hacia el glaciar del Gondogoro esta Shaischo, donde paramos a comer. No paran de pasar porteadores y pastores, todos son casi familia, casi todos de Hushé, muy majos. Nos ponemos en marcha y cinco minutos más tarde paramos a tomar el té en casa del suegro de Hassan, un pastor de cabras que está haciendo mantequilla y nos regala una botella de yogurt. Seguimos camino hasta lo que será el Campo Base.
            
Por la tarde está casi totalmente despejado y vemos a Ramón cuando nos sobrevuela. Es un puntito en lo más alto. Qué  pasada poder tener semejantes vistas de pájaro sobre el Karakorum, realmente me da mucha envidia.  Anochece y una luna casi llena ilumina los Masherbrum, espectacular, valen la pena las horas de jeep, de ratas debajo de la cama, de duchas frías...

Al amanecer empezamos  a subir hasta el Campo 1, despacito ya que empiezo a notar los efectos de la altura, estaremos a unos 4500 metros. Llegamos hasta donde empieza la nieve y dejamos la carga  para bajar directamente hacia Hushé. En la bajada, casi llegando al pueblo, conseguimos ver la aguja que sale de entre las nubes y nos damos cuenta de que nos hemos equivocado de montaña. Al llegar al Refugio veo las fotos de Ramón y tengo clarísimo que es por otro valle: en el siguiente un glaciar que lleva hasta una pala de nieve y que queda detrás de la aguja ¡que putada! 

… Bueno, al menos hemos empezado a aclimatar y Simón ha superado su crisis intestinal.

Miriam Marco.

sábado, 24 de julio de 2010

dia 24 karakorum

Hoy hemos llegado a Skardu, vestidas con  los colores de un semáforo para no desentonar mucho en esta civilización ¡que contrariedad! se supone que los colores más oscuros son más discretos, sin embargo, si queremos vestirnos como las mujeres de aquí no tenemos mas remedio que parecer un arcoiris andante. De todos modos da igual, no podemos evitar ser el centro de atención para todos los ciudadanos de por aquí.
Nos hemos encontrado en el hotel Concordia con Ramon Morillas, la reunión ha sido de lo más interesante, nos ha enseñado fotos y videos de la torre sin nombre, es preciosa y estamos emocionadas... parece que tiene una cara mas factible para escalarla, nuestras posibilidades aumentan. ;aialen y Maider estan muy animadas, y todavía no nos hemos encontrado con Simón y Miriam pero ... dice Ramón que estan la mar de contentos.
Así que estamos todos deseando encontrarnos y así empezar a trabajar con la logística y la escalada. Por ahora solo estamos aprovechando el acercamiento al valle de hushe para la OPERACIÓN KILO, como lo llamamos todas las chicas, estamos intentando comer lo mas posible para llegar con la mayor cantidad de reservas posibles.
Hasta ahora hemos tenido suerte, en 2 días ya estamos en esta ciudad, el vuelo hasta Islamabad fué eterno pero en este segundo vuelo no hemos tenido ni retrasos ni anulaciones por mal tiempo, y además las vistas han sido espectaculares. Si todo va como hasta ahora estará yendo VIENTO EN POPA.
Mañana saldremos para el valle y nuestra intención es llegar a Hushé lo antes posible aprovechando el buen tiempo que dan para estos días.
Esperemos que la suerte no nos abandone.

Asunción Yanguas

martes, 20 de julio de 2010

Ya hemos llegado a Skardu


Nuestro hotel está situado en la parte nueva de la ciudad, una extensión gigantesca de amplias avenidas con grupúsculos de edificaciones a uno y otro lado. Islamabad tiene una aburrida perfección soviética desde afuera pero al recorrer las manzanas de edificios a medio construir, con ventanas abiertas en midad de los muros a martillazos y los hierros de la próxima capa de hormigon despuntando desordenados hacia el exterior, se identifica ese fundamento improvisado de lo oriental. Pequeñas señales de que la vida es aquí una cosa fugaz y momentanea.
Al atardecer de nuestro primer día regateando con los tenderos de Rawalpindi nos sentamos en la recepción del hotel a tomar refrescos y aprovechar las últimas conexiones rápidas a Internet. Los camareros nos observan curiosos preguntándose probablemente qué encontramos durante tantas horas mirando a las pantallas de los ordenadores. Esta noche se celebra una gran boda en el hotel y gente de todas partes del mundo ha venido a la celebración. Algunos de los invitados llegan desde Estados Unidos o desde Alemania uniéndose otra vez en los acontecimientos familiares importantes. La familia, aunque de marcados rangos patriarcales, es un pilar fundamental de la sociedad pakistaní. Los asistentes van ricamente ataviados con sus chador de fiesta, las niñas llevan collares brillantes, los hombres pañuelos anaranjados y un grupo de músicos ameniza la llegada de una gran bandeja de ofrendas nupciales. El hall del hotel se ha llenado de fiesta y todo el mundo se abraza y se saluda con cariño entre el baile de los niños y los compases repetitivos de la música. Sólo cuando la bandeja, decorada con velas y capas de tela de diferentes colores, tiene que pasar por dentro del detector de metales recordamos de nuevo donde nos encontramos.
En la habitación de Miriam se ha colado una gran rata que corre escondiéndose debajo de la cama y las mesillas hasta que se cuela por un hueco entre las paredes y el tubo del aire acondicionado. Montamos guardia con una escoba a la puerta de la madriguera pero por fortuna no aparece la bestia. Yo estoy más asustado que Miriam y los camareros a los que he avisado me miran de reojo, oscultando mi falta de hombría.
A la hora de comer ya hemos recorrido 120 de los casi 800 kilómetros que nos separan de Skardu a través de la Karakorum Highway. Vamos en un minubus con todos los petates de escalada, los bidones repletos de parapentes y motores, un sistema de comunicación de datos vía satélite, 200 litros de gasolina de alta calidad, varias botellas de oxígeno y un par de bidones de nitro-metano. Viajamos en compañía del equipo de pilotos que nos grabarán desde el aire y que luego intentarán cruzar parte del Karakorum volando y caminando. También quieren cruzar el K2 en paramotor.
Las historias de estos tipos me hacen sudar las manos, pero al fin y al cabo nos dedicamos al mismo negocio en diferentes especialidades. Lo nuestro es un mercado de incertidumbre.
Los voladores debían haberse desviado en esta primera parte de la carretera para asistir a un festival de parapente y hacer una demostración. Al parecer y según voy escuchado en las largas horas de conversación en el minubus, estos tipos son expertos en acrobacias, en vuelos largos sobre lugares remotos, en travesías por encima del Atlántico, en majaradas varias dignas del barón de Muchhoussen. A pocos kilómetros de la concentración de parapente, un atentado suicida contra una mezquita ha dejado cinco muertos. Continuamos viaje.
Al llegar la noche debemos esperar más de una hora en un puesto de control policial cerca de Chillas. En esta zona no muy alejada de la frontera con Afganistán y a los pies de la cadena montañosa del Hindu Kush que separa los dos países y ofrece refugio a partidas de talibanes, el conflicto es constante. Dicen que en Chillas están los mejores torneros del mundo capaces de copiar las piezas de cualquier arma que sale al mercado en tan solo unos días. En Chillas es más fácil encontrar un  fusil semiautomático que una cerveza. Por la noche vemos algunas imágenes de Ramón y Thomas, grabadas el año anterior en la vertiente Diamir del Nanga Parbat, no muy lejos de donde nos encontramos. Las acrobacias y el paisaje son impresionantes pero mi atención se fija en un pequeño detalle: durante la aproximación, algunos de los porteadores arrastran junto a su carga oscuros AK-47.
Hemos atravesado Chillas sin incidentes y pese a que estamos agotados de viajar más de 15 horas cada día, el grupo va interactuando y ya nos comportamos como viejos camaradas. El miedo une. Alguien a conseguido conectar un MP3 al radiocasete del  vehículo y conseguimos librarnos de la repetitiva música local durante un rato. Hace un calor asfixiante pero el conductor no quiere poner el aire acondicionado, señala al techo y dice que llevamos mucho peso. Pienso en la gasolina a 45 grados de temperatura debajo de la lona, en el oxígeno dando golpes entre los asientos y en las garrafas de nitro-metano, no demasiado lejos de la continua humareda de los cigarrillos del conductor. En un momento una de sus colillas entra por una ventanilla lateral y la apagamos rápidamente sin grandes consecuencias. ¡Bang! Suena una explosión sorda y saltan al aire un puñado de cristales. Nos parapetamos con el corazón en la boca detrás de los asientos. El conductor ha mantenido la sangre fría y nos hemos librado por unos centímetros del precipicio. Abajo corre enfurecido y caudaloso, arrastrando toda la erosión de las montañas, el río Indo. Un par de cabezas asoman por detrás de los asientos y el copiloto, Khajil, visiblemente asustado hace unos segundos, comienza a reírse a carcajadas mientras sostiene en la mano varios pedazos de plástico. Un mechero que descansaba en el salpicadero ha explotado por el calor. Estamos todos un poco tensos.
La carretera está cortada por un desprendimiento. Aprovechamos la parada para bañarnos en una cascada y observar hipnotizados el abrupto paisaje.
Paredes y laderas de más de mil metros de desnivel se levantan por encima del cauce del río. Sobre ellas, como si fuese otro nivel de realidad, aparecen torres graníticas de todos los tamaños rodeadas de nieve. En el profundo tajo del río hay una tirolina de la que cuelga un hombre mientras sus compañeros lo empujan con una cuerda desde la otra orilla. Son buscadores de piedras preciosas, los hombres más duros del Karakorum, que pican a mano las betas blanquecinas de la roca en busca de gemas. Viven en cuevas que podemos distinguir a simple vista: su ropa tendida, los senderos entre vetas, los turbantes que llevan en la cabeza para protegerse del sol. Están a sólo unos metros de la carretera pero la vida nos separa miles de años.
Después de 32 horas sentados en la furgoneta alcanzamos el fértil valle de Skardu y el conductor ha puesto, por fin, el aire acondicionado. Hay gran cantidad de nieve en las montañas y el Indo se convierte aquí en un plácido lago de aguas oscuras en las que flotan pesados sedimentos. El Karakorum es la cantera del mundo, una gran planta de áridos que no descansa nunca desde los glaciares a 8000 metros hasta el delta del Indo en el océano Índico. Aquí nació la civilización indoeuropea, en estas montañas donde los hombres han estado golpeándose desde el inicio de la humanidad. Hanif y Hassan nos esperan en el hotel Concordia de Skardu, son nuestros amigos de Hushe con los que continuaremos la siguiente parte del viaje por carreteras aún más estrechas e inestables. Hassan me saluda desde la puerta del hotel y puedo ver el hueco de sus tres dedos amputados. El año pasado perdió el guante izquierdo bajando de la cumbre del Nanga Parbat. Había fijado cuerda y abierto huella para el intento de cumbre de la coreana Miss Goh cuando perdió un guante esperando a uno de los miembros de la expedición. Gente como Hassan son los verdaderos atletas del Karakorum. Son los que suben primero, los que fijan la cuerda, los que abren la huella, los que montan las tiendas, de los que no habla nadie y los que cobran sueldos miserables que no les dan ni para amputarse tres dedos.

Simón Elías

lunes, 19 de julio de 2010

Hace una semana...

En la calle Pío XII de Madrid hay media docena de embajadas pero por más que conducimos arriba y abajo con el taxi, no hay manera de encontrar la de Pakistán. Hay varias de países africanos con sus banderas ondeando en lo alto de las puertas franqueadas por imponentes agentes de seguridad.

Hay un gran supermercado, un colegio inglés y una guardería pero la bandera verde y blanca con la luna creciente y una estrella no señala ningún edificio. El taxista no parece tener muy clara la ubicación exacta de la Embajada de Pakistán como tampoco parece poder situar con una ligera aproximación a este país remoto e ignorado si no es por sus desgracias en el planisferio. Se detiene frente a la Embajada de la India y me dice que me baje: -pregunta ahí, estos seguro que saben. El taxista definitivamente tampoco parece tener muy clara la situación política de Pakistán, en guerra continua desde hace varias décadas con sus vecinos indios. Es más fácil caminar y buscar la puerta a pie que intentar informar al taxista de que Pakistán no es una ex-república soviética. Hace un sol abrasador y me protejo bajo la sombra de un alero. Madrid me intimida, es como una jungla gigantesca poblada por temibles y gigantescos depredadores. La gente que entra y sale de las tiendas tampoco me hace ninguna gracia, nuestra opulencia me mosquea en un genuino acto de hipocresia y me hace recordar las blasfemas manifestaciones de solidaridad de mi amigo Montero.

Protegida de la vista por el follaje de los árboles encuentro una puerta sin bandera, tiene una pequeña placa que la identifica como la entrada de la Embajada de Pakistán, sin embargo está cerrada. Compruebo el horario en mi reloj: 9:32 am. y recorro la tapia hasta que en una calle lateral doy con la puerta metálica de un garaje, en ella se abre otra puerta más pequeña que empujo tímidamente. Da a un patio interior sembrado de colillas donde se amontonan utensilios de limpieza. Mientras reflexiono sobre la conveniencia de entrar a hurtadillas en la embajada de uno de los países más violentos del mundo, dos pakistanís ascienden por unas escaleras, salen al patio y me saludan al pasar agachándose con esfuerzo para atrevesar esta entrada de madriguera. Al bajar las escaleras me doy de bruces con una fila de hombres con kmish chaluar, morenos y con negras matas de pelo creciendo como llamaradas petrolíferas en sus cabezas.

Observo las paredes desnudas de la estancia, el único cuadro de un dibujo en carbonilla de un esquiador y el estrado en el que se sientan dos funcionarios rodeados de una trinchera de papeles. Definitivamente estamos en Pakistán.

Me ha costado todo el día conseguir el visado pero ya lo tengo pegado en una de las pocas hojas libres del pasaporte. Tomo el metro, salgo en Goya y un tipo me aborda para que ayude con algo de dinero a no-sé-qué refugiados, explica que debo conocer su organización pues sale habitualmente en televisión. -No tengo televisión, no he tenido nunca, disculpa, le respondo y me siento en un banco a ver cómo la gente sale de las tiendas satisfecha con su última adquisición en las rebajas. El cooperante no puede creer que no tenga televisión, se sienta a mi lado y comienza a interrogarme como si hubiese encontrado al eslab’on perdido. La gente entra y sale de Stradivarius, Mango, El Corte Inglés y las docenas de tiendas que se amontonan en esta esquina popular de Madrid. Hay carteles de conciertos pegados en algunas paredes pero apenas me fijo en los nombres. En Madrid hay mujeres bellísimas y me entretengo mirándolas mientras charlo con el tipo del chaleco y los panfletos que está sentado a mi lado. Se recoje el amasijo de rastas en una única cola en el cogote, se toca el pendiente de la nariz, parece nervioso y su mandíbula tartamudea un poco cubierta por una pelusa de barba juvenil. Después de media hora observando la vorágine de mi mundo más civilizado y grabando las piernas de las chicas con minifalda en mi retina, me despido del agente solidario.
Está a punto de darme 50 Euros para nuestro viaje a Pakistán.

El avión sale puntualmente. Estamos en las filas traseras del aparato y el ruido de los motores es ensordecedor hasta que alcanzamos altura de planeo y puedo dormir. Tenemos la tez más blanca de toda la aeronave, parece que Pakistán no es un destino turístico popular. Sólo en las dos últimas semanas ha habido más de 25 muertos en atentados. Esto no me preocupa ahora, me concentro en cerrar los ojos e intentar dormir, he pasado toda la noche vomitando en un tren. Mi salida de Logroño es todavia confusa.

Tres tipos metidos en un coche con alto estado de embriaguez conduciendo por todas las direcciones prohibidas de la ciudad. Saltándonos semáforos en rojo, persiguiendo a tres furgonetas de la policía nacional en una rotonda y aparcando a trompicones entre dos coches de policía local, por supuesto desde una dirección prohibida, en la puerta de la nueva estación de tren. Por suerte los agentes estaban en el bar tomando café. Son las 3.55 de la mañana y si nadie nos ha detenido o incluso disparado en los últimos 30 minutos, estoy seguro de que tampoco me salpicará un trozo de metralla en una ciudad pakistaní. A veces hay que tentar a la suerte para ver cómo vas antes de salir de casa en un viaje peligroso. Mis amigos son expertos en esto.

En el aeropuerto de Islamabad imponentes funcionarios de poblados bigotes nos sellan los pasaportes. Hay una densa sensación de calor y humedad, los mozos de carga se secan los rostros con una toalla mientras empujan carros con montañas de maletas. Mujeres envueltas en seda y tapadas hasta los ojos sujetan a sus niños como preciados animales domésticos. Al traspasar la puerta que se abre al exterior el calor es aún más sofocante y cientos de gritos aturden sin poder enfocar la atención en una dirección. Hay chóferes esperando a sus clientes con nombres orientales escritos en un pedazo de cartulina, hay hombres elegantes con voluminosos turbantes que miran el reloj con ansiedad, grupos de personas se abrazan entre sí, mujeres que lloran, hombres que fuman y miran a ninguna parte, despistados, con el cabello teñido de henna. En el aire hay una mezcla de olores particular, es lo primero que me sorprende cuando atravieso la frontera aséptica del aire acondicionado de un aeropuerto. Islamabad huele a polvo en suspensión, a especias, tabaco, perfume y dióxido de carbono.

Pero sobre todo huele a cenizas, huele a grandeza del pasado que se consume poco a poco en hogueras, en disparos, en sangre que corre por las calles como si la erosión que desgasta sus montañas y las convierte en desiertos, se estuvise llevando también la vida río abajo. Islamabad huele a algo preciado y vital, algo orgánico y muy propio, como un cuerpo conocido en descomposición. Huele al miedo real y humano que nosotros hemos olvidado hace tiempo en nuestro confort, huele al peligro de vivir.

Simón Elías

Balaitus, 6 a 11 de julio

Nos reunimos estos días para dar fin al previo antes de la expedición a Pakistán: Miriam Marco, Maider Fraile, Simón Elías y yo. Sonrisas y lágrimas. Días de alpinismo, esfuerzo, bromas, canciones…, salpicados por la triste noticia de la pérdida de dos compañeros de afición en Perú: Daniel Crespo y Alex Bonilla. A ellos dedicamos la actividad desarrollada en estos días de encuentro con la montaña.
La semana se inicia el martes seis de julio en Madrid, cumpliendo los trámites pertinentes en el CSD por la mañana, y disfrutando del granito perdicero por la tarde. Gracias a David Bautista, alias “el largo”, que además de permitir que invadiéramos su casa en un despliegue de mochilas, bolsos, zapatillas, neceseres… (en fin, no vamos a entrar en detalles…), fue un excelente anfitrión llevándonos a conocer sectores como  “la nevera”, o las fisuras escondidas en el puerto de Navacerrada.

El miércoles por la tarde retomamos el volante y nos dirigimos a Zaragoza, donde el día ocho nos sometemos a un sinfín de pruebas médicas en el HCU (¡menos mal! ¡pasamos la ITV!). Desde allí continuamos camino hacia Porte d´Arrens (1500 mts. pirineo francés), para llegar al refugio de Larribet (2000 mts., acceso a la Norte del Balaitus) cerca de las doce de la noche. ¡Santa Paciencia la del guarda, que nos espera con la cena preparada!
Al día siguiente, y pese a las ganas de seguir dando forma a los colchones que nos acogen, madrugamos para escalar la vía Asez Josephine en el Petit Balaitus (250 mts.,7a, siete largos). Jornada de alpinismo deportivo disfrutona, que concluye con un “pateo” al Boulevard Packe, desde donde oteamos la pared Norte del Balaitus y nos ilusionamos ante la posible línea a abrir al día siguiente.
El descenso por la base de lacara norte y por los lagos de Batcraberé nos lleva nuevamente hasta el refugio de Larribet con la esperanza de llenar nuestros estómagos con una suculenta cena. Por supuesto, nuestras expectativas se ven cumplidas con creces (¡gracias, gracias, gracias!!!)
El sábado diez nos espera una jornada intensa. Largo tras largo abrimos la vía Daniel Crespo, que termina en la Brecha de los Sarrios, juntándose con la Arista Noroccidental y con las otras vías de la cara Norte. Desde allí se accede a la cima de la montaña (3144mts.). La calidad de la roca nos permite disfrutar de una excelente escalada aunque, eso sí, de vez en cuando hay que apretar los dientes.
Para variar el regreso y no rondar siempre por los mismos lares, realizamos el descenso por la vía normal española de la brecha de Latour. Durante la bajada vemos una línea atractiva en la pared de la izquierda del Diedro Sur, abierto en los años 60 por Ursicino Abajo. Una buena opción para el último día!
Pero antes de nada, bajamos al refugio de Respumoso (2200mts.) trotando por las laderas para llegar a una hora “prudencial”.
¿Quién habla de la paz y la soledad de las montañas? Entre una inmensa multitud, David Abajo, hijo de Ursi, se las ingenia para acogernos, darnos de cenar y proporcionarnos un techo para pasar la noche. Pese a parecer reincidente, otra vez gracias!
Y llega nuestra última jornada. La iniciamos cuesta arriba, desandando los caminos por los que la tarde anterior correteábamos como cabras montesas.
Ya en la base de la rimaya que bordea la pared sur, Miriam y Maider se dedican con esmero a una nueva modalidad alpina: la espeleología gélida en busca de algún pequeño torrente donde recoger agua. Por cierto, exitosa labor, que trae como resultado bidón y medio. ¡Podemos hidratarnos!!!
Ya en materia, nos encontramos ante una línea que nos regala una roca de mejor calidad si cabe que la del día anterior. Finalizamos 260 mts. de 6b (V+ obligado), que llevan por nombre “El Intelectual”, en recuerdo de Alex Bonilla.
Un espectacular último largo brinda a Simón la oportunidad de pitonar el paso clave al son de los cánticos de sus tres acérrimas seguidoras: “dime tu nombre, y te haré reina en un jardín de rosas…..” (Todavía no entiendo el porqué de ese gesto constreñido en la cara de Simón).
Nuevamente pisamos la cima del Balaitus, y desde ahí descendemos destrepando entre resoplidos y bufidos, todo sea dicho (y es que aquí la roca ya es “otra cosica”), hasta el collado de los Sarrios. Enlazamos con la vira Beraldi y recorremos la arista hasta el Cap Peytier-hossard, para seguir descendiendo por el Boulevard Packe hasta el Refugio de Larribet.
Hubiéramos disfrutado del buen hacer y de la tranquilidad de este refugio, de no ser porque había que rehacer las mochilas y bajar hasta el punto de partida para volver a casa.
Andar, anduvimos, eso sí.
Y disfrutar, mucho.

Nota.- (¿Ves, Simón, cómo la contención tiene su premio? ¿A que ya se te ha pasado la contractura mandibular?)

Maialen